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No es difícil recomendar ‘Pride’, lo complicado quizá sea que películas como ésta lleguen a los cines en un futuro no muy lejano

Que Junio sea el mes del orgullo LGBTIQ+ no es una casualidad ni un capricho estacional. El 28 de junio de 1969 un grupo de policías irrumpía en el bar Stonewell Inn. Las redadas en los pubs eran habituales, pero esa calurosa noche de junio, los clientes se rebelaron ante el hartazgo de la violencia de las autoridades locales. Un año después, para rememorar la velada en la que se puso voz y palabras a la injusticia, una marcha inició el principio de la revolución mundial de un colectivo que era maltratado desde las instituciones.

En 1969 la homosexualidad era una actividad ilegal y se encuadraba dentro del marco de las enfermedades mentales declaradas por la Organización Mundial de la Salud. No fue hasta 1990 cuando la OMS se retractó. Treinta años después, en el país europeo más extenso del mundo, ser parte del colectivo LGBTIQ+ es una sentencia que te conduce a la violencia, el aislamiento y la pobreza. Para entender la lucha, habría que ponerse en la piel de todas aquellas personas que, aún hoy día, viven la discriminación como una amenaza de muerte. 

«Todavía perdura el matrato sobre el grupo de una de las siglas que conforman el colectivo, los y las transexuales»

Los hay que creen que, como el 8M, las manifestaciones del orgullo son una fiesta ideológica llena de alcohol y libertinaje. Nada más lejos de la realidad. Sin movernos de nuestro país, tenemos que oír constantemente el discurso de odio de partidos políticos que apuestan por el enfrentamiento y que aún no han superado vivir en un Estado en democracia donde, aunque muy de vez en cuando, los derechos sociales se ponen sobre la mesa por encima de la moral religiosa. Y no solo ciertos políticos con sus caducos sofismas, todavía perduran las vejaciones sobre el grupo de una de las siglas que conforman el colectivo, los y las transexuales, que tienen que ver como autoras declaradas abiertamente feministas tiran por la borda toda una vida de lucha.

Ya Jean Paul Sastre señalaba la importancia de defender la libertad de uno mismo sin subyugar la de los demás. Una manida frase que no pierde su actualidad. Lo hemos visto en las proclamas de las Núñez de Balboa de España. Y, sin embargo, lo más preocupante es observarlo de compañeras que en aras de defender los derechos de las mujeres se olvidan que éstas son diversas y que tan legitimo es ser cis, como una persona que, a su pesar, no se identifica con el género asignado en su nacimiento. La pregunta sería entonces: ¿es legitimo proclamar la igualdad cuando miras con recelo la identidad de las que se sienten iguales?

Sin entrar en debates que enturbien las reivindicaciones feministas (ya hemos tenido demasiado estos meses), al final todo se reduce a lo mismo de siempre: la falta de empatía y la carente capacidad de situarse en el lugar del otro; o como dicen los británicos “ponerse uno mismo en los zapatos del otro”.

 «Basada en los hechos acaecidos durante el gobierno Margaret Thatcher»

En estas idas y venidas de mi mente, recupero una película que recuerdo con alegre nostalgia y recurro a ella para argumentar que unidos, todos y todas, independientemente de cuál sea nuestra lucha, todo se hace no más sencillo, pero sí más llevadero.

‘Pride’, escrita por Stephen Beresford y dirigida por Mathew Warchus, es un alegato al poder de la unión y el respeto por el diferente.  Basada en los hechos acaecidos durante el gobierno de Margaret Thatcher el filme relata uno de los episodios más trágicos de la historia reciente en Reino Unido, que bien hemos podido conocer en películas como ‘Billy Elliot’ (Stephen Daldry), ‘Tocando el viento’ (Mark Herman) o el documental, del siempre reivindicativo Ken Loach, ‘El Espíritu del 45’.

El gobierno de la Dama de Hierro duró más de una década traducida en privatizaciones, despidos masivos de astilleros, liberalismo político y férreas políticas públicas entorno a la vivienda, el agua y el transporte

El país anglosajón, que había sido hasta entonces motor de la industria carbonera, vio como de repente miles de empleos se perdían debido al cierre de parte de las minas pertenecientes al Estado británico. Pueblos enteros conocían entonces el desplome de sus ingresos y la pérdida de un oficio que había pasado de padres a hijos durante generaciones.

Pride Dominic West

«Gays and Lesbians support the Miners»

Maltratados por las autoridades, mineros y homosexuales, juntaron fuerzas en una curiosa, pero fuerte, alianza que se afianzó en la confederación del Partido Laborista celebrada en Bournemount. Mark Asthon, un activista por los derechos humanos, junto a otros compañeros como Mike Jackson crearon la asociación Gays y Lesbianas apoyan a los Mineros (Gays and Lesbians support the Miners), viéndose reflejados en los brutales insultos que el gobierno y sus secuaces repartían entre sus oponentes. Esta preciosa coalición, que bien puede sorprender a nivel sociocultural, pero que se entiende si escarbas en la sociología de los grupos oprimidos, dio lugar a un relato evocador que en 2014 tomó forma de película.

‘Pride’ es una bonita historia llena de personajes cálidos, reconfortantes, que en ningún momento caen en lo naif y lo simplón. Un poderoso reparto que podría pecar de amaneramiento y que, sin embargo, ejecuta a sus personajes con la laboriosidad de los intérpretes de oficio. Todos ellos encabezados por un Dominic West (‘The Wire’) soberbio en su papel de Jonathan Blackeuno de los primeros homosexuales reconocidos con VIH– junto a actores de raigambre internacional como Bill Nighy, George Mackay, Andrew Scott e Imelda Stauton.

 

«Revisionarla me lleva a recordar otros filmes como ‘Desayuno en Plutón’ (Neil Jordan) o ‘Transamérica’ (Duncan Tucker)«

 

En este drama social, hay diferentes relatos que se van entremezclando para parir una obra cinematográfica redonda, en la que cada una de sus tramas se resuelven con dignidad y sencillez. Aunque a veces linde con la comedía, es en el conflicto donde el relato se sostiene con vigor, haciendo que su narración sea vibrante y apta para todos los públicos. Un guion sobresaliente para un filme repleto de color e imágenes preciosistas creadas para el contento de la exquisitez visual.

No es difícil recomendar ‘Pride’, lo complicado quizá sea que películas como ésta lleguen a los cines en un futuro no muy lejano. Revisionarla me lleva a recordar otros filmes como ‘Desayuno en Plutón’ (Neil Jordan) o ‘Transamérica’ (Duncan Tucker), cintas accesibles para todo el mundo, pero a las que no se le suele prestar suficiente atención. O, como venimos recuperando, musicales que, desde el respeto, nos esbozan otras realidades no reflejadas a menudo en el celuloide; tal es el caso de ‘Hedwig and the Angry Inch’ o ‘Rent’.

Humor para contrarrestar la tragedia, tranquilidad y mucho buen rollo, que al igual que series recientes como ‘Derry Girls’ (Disponible en Netflix), confirma que el entretenimiento no está reñido con una buena dosis de divulgación histórica.