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Un lustro después seguimos recordando ‘Mad Men’ como una de las mejores ficciones de la televisión 

“Tedy me dijo que en griego Nostalgia significa el dolor de una vieja herida. Es un dolor del corazón, mucho más intenso que un recuerdo.” 

Qué puta es la nostalgia, aparece cuando menos lo esperas para vapulear tu cuerpo y dejarlo doblado por el dolor de la tristeza innombrable. Cinco años después del final de su emisión, recupero ‘Mad Men’ con melancólica constancia, porque regresar a ella es volver a un tiempo en el que todo era nuevo y posible.

Confieso que llegué, como acostumbro, tarde a ella. En el gorgoteo universitario, se hablaba del drama televisivo de la cadena AMC con ferviente pasión. Era 2012 y ya tenía en su haber unas cuantas temporadas que habían demostrado que, si bien la audiencia es necesaria para la supervivencia de una ficción, más aún lo es que los directivos de la cadena en cuestión crean en el contenido que ofrecen.

El 19 de julio de 2007 AMC Networks estrenó sin ruido, y con mucha discreción, la serie que habría de convertirse en la santa y seña de la cadena. La American Movie Classics había sido hasta entonces un canal de televisión especializado en la emisión de clásicos cinematográficos. Sin embargo, la fortuna les vino a ver cuándo, después del rechazo de la HBO, un desconocido guionista llamado Mathew Weiner presentó un proyecto basado en las vivencias de la élite publicitaria neoyorquina. Avalado por el creador de ‘Los Soprano’, David Chase, y no sin cierta estrella, Weiner pudo rodar el primer episodio de una serie para la historia: ‘Mad Men’ y AMC se convirtió en la propuesta alternativa a series de igual, o mejor, calidad que las que antes firmara HBO.

«En la serie en la que “no pasaba nada”, en realidad ocurrían muchas cosas.»

 

Que la memoria no nos engañe: ‘Mad Men’ nunca fue fácil. Requería esfuerzo, una mente activa y, sobre todo, paciencia. La cultura de sus diálogos, el magnífico subtexto -que solo una soberbia dirección de actores es capaz de acometer sin poner en peligro la verdad de la trama- o el lento, y perturbador, ritmo de sus episodios nos pedía que como espectadores tuviéramos los ojos y oídos bien fijos en la pantalla para no perder detalle.

En la serie en la que “no pasaba nada”, en realidad ocurrían muchas cosas. Desde Don Draper a Peggy Olson pasando por Betty, Sally, Roger, Joan o Pete. Un drama televisivo donde los personajes tenían su espacio particular y en la que a medida que se sucedían los episodios podíamos ser testigos de la cesión del protagonismo a sus secundarios, dedicándoles subtramas concretas con capítulos (ya en la primera temporada podemos comprobarlo) en los que Don pasaba a un segundo plano, dejando a sus partenaires ganar una fuerza descomunal capaz de arrebatar el corazón del espectador.

«Desde el silencio de Don a los fundidos a negro»

El episodio piloto de  ‘Mad Men’ es en sí mismo una obra maestra de la televisión. En él se nos presentan las bases de lo que iba a suponer la ficción. Un piloto de una calidad apabullante que recordaba, en su dirección y elementos discursivos, al mejor cine clásico. En la primera escena somos conscientes de que ‘Mad Men’ va a ser algo más que una serie sobre un publicista vanidoso; ya en los primeros minutos podemos observar que temas sociales como el racismo, el sexismo, el adulterio y el abuso del alcohol o el nepotismo serán parte esencial del viaje.

Sin embargo, éstos no se utilizaban como motor del eje dramático sino como referencias indispensables para contextualizar la época y parte de las decisiones de los personajes (un ejemplo sería The Grown-Ups (3.12 ) en el que la muerte de Kennedy parece comprometer la boda de Margaret Sterling; o Six Month Leave (2.09) en el que la muerte de Marylin Monroe irrumpe en el bienestar de las mujeres de la agencia).

Cuánto más indagas en ‘Mad Men’ más te das cuenta de lo importante que son los detalles. Desde el silencio de Don a esos fundidos a negro acompañados de una banda sonora que cumplía con una función que iba más allá que la del acompañamiento extradiegético: dotaba al final de los episodios de nuevos significados. Por no olvidarnos de su sobresaliente dirección de arte, delicia de artistas visuales y diseñadores.

 

Mad Men Drape's family

“Esa pobre chica. Ella no sabe que amarte es la peor forma de llegar a ti.”

Durante siete temporadas creímos saber quien era Don, qué le movía y qué sentía, si es que podía llegar a sentir afecto alguno alguien tan destructivo para consigo y los demás. Aunque lo cierto es que nunca pudimos -como bien dice Betty en The Better Half (6.09)- llegar a él, Weiner y su magnifico equipo de guionistas encabezado por el matrimonio Jacquemetton nos regalaron a un protagonista magnético.

Interpretado por un hasta entonces desconocido Jon Hamm, Don despierta la fascinación que solo las obras de arte consiguen. Como si estuviéramos afectados por una especie de fusión entre el síndrome de Stendhal y de Estocolmo, adoramos a Don con el fervor de los más leales devotos de la fe.

Odiar y amar a Don, como nos odiamos y amamos a nosotros mismos, es un acto de constricción televisiva que todos los que nos hemos acercado a ‘Mad Men’ hemos ejecutado sin miedo ni culpa. Capaces de vernos reflejados en él, convertimos a ese personaje/persona en parte de nuestra vida: una llena de contradicciones y remordimientos. Draper es todo lo que detestamos de las más viles de las personas: alguien incapaz de amar honestamente, abandonado y abandonador, que huye de sí mismo y de quienes han decidido quererle. Un hipócrita con corbata inadaptado, que trata de buscarse a sí mismo, pero que solo encuentra trauma y desasosiego.

Don es, desde el principio, un personaje complejo cuyos motivos son inescrutables, pero coherentes. Basta solo una escena para comprender que es algo más que una cara bonita con voz seductora. Don Draper es una persona atormentada -véase el maravilloso fuera de campo sonoro en el que oímos los clamores de una guerra pasada mientras dormita en el sofá de su despacho (1.01)- y nosotros somos, por lo tanto, los testigos de su tormento.

 

«Actores desconocidos para unos personajes que supieron encarnar la falsa moneda del American Way Of Life.«

 

No podríamos entender ‘Mad Men’ sin Peggy, ejemplo y modelo a seguir para todas aquellas mujeres que querían incorporarse a un mercado laboral viciado por el patriarcado post Segunda Guerra Mundial. Pero tampoco lo podríamos hacer sin Michael Ginsberg, Joan, Pete, Lane, Roger, Betty o Sally, la niña que vimos crecer en la pantalla.

Actores desconocidos para unos personajes que supieron encarnar la falsa moneda del American Way Of Life. La ama de casa desesperada o la amante secretaria fueron estereotipos que rompieron la narrativa de la historia a favor de la contracultura americana y el polvorín que fue Estados Unidos, en la época que retrata el drama y que vemos encarnado por la más joven de todos: Sally Draper.

De Sally, interpretada por la portentosa Kiernan Shipa, se ha dicho todo. Heredera de los peores vicios de sus padres, debe luchar por su bienestar y el de sus hermanos, enfrentándose a la frustación y exigencias de una madre imperfecta tanto como a la malograda relación que mantiene con su padre ausente. La prodigiosa Shipa y su Sally fue toda una delicia que prometía un futuro para nuevos proyectos derivados de ‘Mad Men’. Lamentablemente no ha sido así, y son otros los que disfrutan de sus hechizos en un mundo de magia y ciencia ficción.

Cinco años después seguimos recordando ‘Mad Men’ como una de las mejores ficciones de la televisión a la altura de otras grandes como lo fueran ‘The Wire’, ‘A dos metros bajo tierra’ o ‘Los Soprano’. No podía ser de otro modo.

Hoy, la nostalgia.