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Después de un mes de confinamiento muy poco se ha hablado de la otra pandemia de este siglo: la soledad

“Qué raro que seas tú quien me acompañe, soledad, a mí que nunca supe bien cómo estar solo”, canta Jorge Drexler en su álbum “12 segundos de oscuridad”. Hoy, cumpliendo el primer mes del Estado de Alarma, parece ser, la soledad, la única compañía que muchos tienen. Sin embargo, lejos de ser un daño colateral del confinamiento, ésta es una pandemia que lleva expandiéndose años sin que le hayamos puesto remedio a su cura.

Según datos recogidos por el Instituto Nacional de Estadística hay más de cuatro millones de hogares unipersonales en España, es decir, 4.793.000 personas viven o han declarado vivir solas en su vivienda. De esos cuatro millones, dos de ellos corresponden a personas de 65 años en adelante.

«La soledad no solo afecta a la salud mental o al agravamiento de la demencia senil y las capacidades cognitivas»

En 2018, después de un estudio emitido por la Organización Mundial de la Salud sobre la población británica, la otrora Primera Ministra, Theresa May, creó el Ministerio de la Soledad para paliar la enfermedad que según el informe publicado afectaba a más de nueve millones de personas.

El 7 de febrero Owen Jones escribía un artículo de opinión en The Guardian sobre la soledad donde argumentaba que ésta aumentaba la probabilidad de mortalidad un 26% y comparaba la enfermedad con fumar 15 cigarrillos al día. A simple vista parece una tontería, pero podría llegar a ser más grave de lo que pensamos si tenemos en cuenta que la soledad no solo afecta a la salud mental o al agravamiento de la demencia senil y las capacidades cognitivas, sino que también se relaciona con otras enfermedades como la tensión alta y la probabilidad de padecer infartos.

Una Sociedad Hiperconectada

Antes de seguir leyendo para un momento y escribe en tu buscador “Me siento solo”. En 0,52 segundos a las 13:32 horas del martes 14 de abril Google estima un resultado de 138.000.000 de resultados. ¿Preocupante?

Captura "Me siento solo" en Google 14 de abril

 

En una sociedad hiperconectada donde el 99,2% de hogares españoles tiene teléfono fijo y más del 51% dispone de acceso a Internet hace que nos sintamos obligados a plantearnos la siguiente cuestión: ¿estar conectado significa dejar de sentirnos solos?

Sé que es obvia la pregunta y más aún la respuesta, pero en un país en el que se suicidan diez personas al día -una persona cada dos horas y media (Ojo: es importante aclarar que no todos los suicidios son debidos a la soledad; hay diferentes enfermedades mentales que pueden derivar en una muerte prematura)- resulta inevitable preguntarse: ¿qué estamos haciendo mal?

Fachada, especulación de la belleza, odio, envidia y otras formas de dar vida a los siete pecados capitales que el cristianismo identificó y que hacen referencia a los vicios más pueriles del ser humano. Si en Tinder tenemos la lujuria, la ira y la soberbia la encontramos en Twitter en representaciones tan grotesca como el acoso selectivo hacia el que opina diferente. La envidia es la otra cara de la moneda de Instagram , plataforma en la que se exponen todas las maravillosas vidas de sus integrantes para esconder sus auténticas inseguridades; la avaricia en multinacionales como Amazon donde no nos importa que el transportista cobre una miseria siempre y cuando nos llegue nuestro paquete a tiempo; o la Gula en las diferentes empresas de riders donde a golpe de click te traen tu comida a domicilio sin que haya pandemia que valga. Y, por último, y no menos importante, la pereza capaz de envolver nuestros días en una nebulosa de procrastinación y desidia.

Siete pecados capitales que gustosamente practico, pero que me obliga (o debería obligarnos) a parar y pensar si esta es la sociedad, y el mundo, que realmente queremos.

Cómo seremos después de la cuarentena

Intento ser optimista. Quiero creer que cuando esta terrible epidemia se controle, el virus Covid-19 habrá hecho estragos de forma positiva en todos nosotros volviéndonos más solidarios, más empáticos, es decir, más humanos. Rezo porque volvamos, como muchos creen, a los barrios para que no haya más tiendas locales ni mercados cerrados, para que ninguna persona se quede aislada por mi culpa, para que todos encontremos nuestro lugar en el mundo apoyándonos en el tejido social del que formamos parte, pero que muchos hemos olvidado.

Iniciativas alrededor de “Pienso, luego actúo” como “Adopta un bar”, “Cuando volvamos” o “Connect Yayos” devuelven la esperanza en el ser humano, al menos, por un breve espacio de tiempo. Pueden ser acciones que rayan en lo naíf, no lo niego, mas si supiéramos todo lo que podemos conseguir solo con una sonrisa, con una recomendación, con un gesto tan sencillo como sujetar la puerta al vecino o ayudarle a subir la compra.

Sin embargo, aunque piense, crea, rece, aún persiste la desesperanza y el cinismo. Porque adivino que nada va a cambiar, porque el “y si” nunca se transforma en “vamos”. Porque al final no somos más que un puñado de personas encerradas en sus casas lejos del horror de los hospitales y las morgues. Porque prima antes mi bien estar que el de la persona que tenemos al lado. Porque ser sensible y actuar en consecuencia hace años que está demodé.

Espero equivocarme.

 

“[…] Hay algo en el horizonte. Una conectividad enorme. Las barreras entre nosotros desaparecerán y no estamos preparados para ello. Nos haremos daños de formas nuevas. Venderemos y seremos vendidos. Expondremos nuestro yo más sensible únicamente para que nos ridiculicen y humillen. Seremos vulnerables y pagaremos las consecuencias. No podremos seguir fingiendo que podemos protegernos a nosotros mismos. Es un peligro enorme. Un riesgo gigantesco, pero vale la pena. Ojalá aprendiéramos a cuidar unos a otros. De este modo, esta asombrosa y destructiva conectividad no nos aislaría. No haría que al final nos sintiésemos totalmente solos.»

Halt and Catch Fire – Temporada 3, episodio 8 «No estás a salvo»