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Cómo nos afectará la crisis sanitaria está por ver. Pero como dejaremos que nos afecte, es algo que está en nuestras manos

Leo y escucho la prensa a diario. Un hábito adquirido a fuerza de hacer más llevadero el tiempo, pero también de mantenerme informada en una época en la que la opinión prevalece sobre los hechos. Siempre me he jactado de ser una escéptica incurable. Creo que a medida que sumo años, dejo que la ligereza opere sobre mi haciéndome menos vulnerable a idearios y dogmatismos. Tampoco soy de esas personas que se dejan llevar fácilmente por la masa. No me creo especial, ni dueña de una moral superior. Simplemente soy un bicho verde que ha sobrevivido por la fuerza que otorga el idealismo. Un falso espejismo que te empuja a la acción, pero que solo te proporciona quebraderos de cabeza.

Una idea romántica sobre la vida. Un amor obsesivo por el cine y las artes. Una apasionada de la palabra. Una Kamikaze en busca del sentido. Una persona que se ha visto desprovista demasiadas veces de demasiadas cosas y que ha hecho de la cultura su estandarte. Para sobrevivir. Para hacer más llevaderas las decepciones de los días.

Niños de la posguerra

Para haceros saber de donde vengo bastaría con proyectaros ‘Los Santos Inocentes’ (Mario Camus, 1984) y, solo de este modo, podríais apreciar parte de la materia de la que estoy hecha.

Criada con mis abuelos he escuchado historias de pobreza y chabolas. De cómo salieron de la escuela para trabajar. De la pronta orfandad y del hambre. Mis abuelos, como los abuelos de millones de españoles, viven hoy con el alma en vilo los últimos días de su vejez: primero la crisis económica de 2008 que tuvieron que sobrellevar con sus ahorros, ahora otra crisis está avasallando a la población mundial. Lo que no recordamos muchos es que esos abuelos que hoy hacen frente a la emergencia sanitaria, como otrora hicieran frente al pago de la deuda, tuvieron que llorar la muerte de sus hijos por otra pandemia que masacró a toda una generación, y que si hoy podemos recordar (los que no lo han vivido de cerca), es gracias a la ficción.

Niños de la posguerra -analfabetos, trabajadores, emigrantes – ellos son la fuerza que alimenta mi día a día y da valor al confinamiento. Porque si soy quien soy es gracias a ellos y a sus historias. A la miseria de su juventud y al trabajo duro que ha logrado lo inimaginable para alguien de su generación: que sus nietos pudieran ir a la universidad y que yo hoy tenga la oportunidad de estar sentada enfrente de un ordenador escribiendo estas humildes palabras.

Gente de campo, mis abuelos preferirán un buen plato de migas antes que una gran mariscada. Y, sin embargo, han levantado muros que han sido casas y han fregado suelos que fueron, para mis hermanas y para mí, palacios. Por ellos, me duele todo lo que leo estos días.

Barrio humilde de Madrid

Acceso a la cultura

Quienes han tenido acceso a la cultura, y tiempo para disfrutarla, probablemente no llegarán a imaginar lo que una persona puede apreciar probar las mieles del cine, del teatro, de los libros, los cuadros o la música. Mis abuelos me enseñaron a escuchar al desvalido y a hacer amigos hasta en el infierno para torear, con bravura, los problemas. De mi abuela aprendí que un libro puede hacerte la mejor de las compañías y de mi abuelo que es cierto que al cantar los males se espanta y que ser idealista no es un pecado. No siempre me he aplicado en sus lecciones, pero he tratado de hacer lo mejor que he podido en cada ocasión con lo que se me ha ofrecido en cada momento.

Caer en el falso axioma de desprestigiar a los trabajadores de un sector para ensalzar las bondades de otro, enfrentando y creando odio, es una forma de terrorismo que no pone bombas, pero que genera veneno. Un veneno que cala en segmentos de la sociedad sin tiempo para la reflexión y, que hartos por los devenires de la vida moderna, se han convertido en autómatas que no quieren, o simplemente se han visto impelidos, luchar por sus derechos. Esta terrible pesadilla ha desbaratado los planes de millones de familias alrededor del mundo. Ha asesinado a miles de inocentes y ha mandado a sus casas con lo puesto a millones de personas.

«Gente del mundo de la cultura que ha decidido regalar su tiempo»

A pocos días de la declaración del Estado de Alarma, los ERTES se hicieron realidad mostrando la fragilidad de un sistema que es incapaz de permitirse el cierre de comercios, restaurantes y teatros. Cultura prevé unas perdidas de 960 millones de euros en el próximo mes. Y, lo más preocupante de todo, un gran gigante de la sanidad privada está ofreciendo a sus empleados vacaciones y excedencias para prevenir futuras pérdidas. Todo ello en un mes trágico, maldito, gafado.

Cientos, miles, millones de ciudadanos que no podrán hacer frente a pagos de hipotecas y alquileres, pero cuyo día a día es soportable gracias a iniciativas como las charlas de la Academia de Cine, Festivales de música en steaming o las recomendaciones culturales. Gente del mundo de la cultura que ha decidido regalar su tiempo y abrir una ventana a su privacidad para amenizarnos las horas con recitales de poesía y obras de teatro sin tener que salir de casa. Cientos, miles, millones de personas que levantan el país con su sudor y esfuerzo.

Carpinteros, sastras, electricistas, maquinistas, utileras, pintoras, guionistas, productoras, directoras, limpiadores, arquitectos, dependientas, actores, actrices, titiriteros, albañiles, recepcionistas, pintores, fontaneros, publicistas, periodistas, comunicadores, fotógrafos, editores, montadores, camareros, cocineros…Todos y cada uno de nosotros aporta al conjunto una parte, minúscula, mínima, pero importante.