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‘Lo que arde’ llega a los cines y nos hace testigos de una de las obras más elocuentes de los últimos años

No seré yo quien con rutilante verborrea se atreva a desmarcarse de las últimas declaraciones del otrora director de prestigio, Francis Ford Coppola, en las que sin miedo a represalias futuras (su cine es un gran desconocido por las generaciones más jovenes) se ha atrevido a afirmar que es imposible competir con películas como Marvel, grandes sagas cinematográficas en la que los estudios vomitan millones de dólares. Y, por supuesto, me resulta imposible desmentir la gran verdad que ha salido por la boca de Scorsese sobre las salas de cine, los parques de atracciones y la gran causante de ello: MARVEL.

Tampoco seré yo, humilde servidora nacida en la Europa post Muro de Berlín, criada entre los últimos estertores del mundo analógico y dando los primeros pasos de la adolescencia a la vez que un inmaduro Internet irrumpía en las casas españolas con el ADSL (¿os acordáis cuando tenías que desconectar el teléfono para conectarte a Internet?), quién niegue, siendo victima y verdugo, de participar en este horrible entramado que perturba y va directa a matar lentamente las bondades de nuestros antepasados. Todo lo que consiguieron nuestros padres y abuelos perdido por móviles de última generación, Rosalías y películas de superhéroes.

Reconozco, con la misma culpabilidad con la que disfruto, ser una de las responsables de haber cosido y extendido la alfombra roja para ver, desde el sofá de mi casa o la butaca del cine, desfilar a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: Disney, Netflix, Google y Amazon. Un guilty pleasure (porque las cosas en inglés suenan menos horribles) que asumo con toda la responsabilidad con la que me obligo a ir al cine, al menos, una vez por semana.

 

Netflix y Exhibidores

Si Netflix es el monstruo que nosotros alimentamos, los programadores culturales son las bestias que filtran lo que llega a los cines (extiéndase esta idea a las artes escénicas o los contenidos televisivos). A todo ello, súmale los estudios de mercado que, tanto en el peor como en el mejor de los casos, van a encaminar o llevar a la más absoluta ignominia la película de turno. Y es entonces, en este preciso punto, cuando se aparece ante mi el gran dilema del Séptimo Arte: ¿Es el cine cultura? ¿Es el cine entretenimiento? ¿Es el cine un producto? ¿Consumimos cine o vemos cine?

Preguntas planteadas por profesionales de la industria y de la cultura, por cinéfilos y espectadores desde la irrupción del cinematógrafo. Preguntas sin una única respuesta. Porque consumimos y vemos cine (el éxito de FILMIN es un hálito de esperanza para el cine independiente) y porque las multisalas siguen en pie abanderadas por sus bares palomiteros, abriendo incluso salas abandonadas reconvertidas en una especie de Frankenstein cine-restaurante.

«Si el cine es producto y es cultura: ¿Por qué el cine -un cine adulto, inteligente, sensible- está cada más desprotegido? «

Podríamos entonces entender que 1) el cine es un producto y, por lo tanto, tiene que generar beneficio y rendir en su dimensión; 2) el cine es cultura y, por supuesto, debe invitarnos a contemplar otras realidades que, sin ser lejanas, a veces se ocultan debido a su marginalidad (que, recordemos, no por ser marginal deja de ser real).

De este modo, si el cine es producto y es cultura: ¿Por qué el cine -un cine adulto, inteligente, sensible- está cada más desprotegido? ¿Por qué se estrenan cada vez más remakes y franquicias y se olvidan de las historias clásicas? ¿Por qué el público aborrece filmes que en otros días fueron consideradas obras maestras? La falta de educación audiovisual, de memoria cultural y la presunción de que los espectadores no somos inteligentes ni estamos ávidos de buenas historias, es tan letal como las decisiones de aquellos que tratan al cine como una mercancía.

Benedicta y Amador Lo que arde

Lo que arde’: el pequeño milagro otoñal

Ocurren, a veces, pequeños milagros en la pantalla. Historias minutas que son universales. Cintas que no necesitan de la palabra. Películas sencillas cuya inspiración no son los números, sino mostrar otras vidas, otros lugares, otras personas.

‘Lo que arde’ estrenada en menos de cincuenta pantallas ha logrado más de cuarenta mil espectadores en su segunda semana. Más de cuarenta mil personas han contemplado y conocido de primera mano la vida rural gallega, el despoblamiento, el drama forestal y la soledad y dureza de vivir en esas tierras. Más de cuarenta mil personas han sido invitadas a mirar más allá, a conocer a Benedicta y Amador, a visitar desde la oscuridad de la sala una tierra que se antoja remota y hostil.

«Si hacen sufrir es porque sufren»

«Si hacen sufrir es porque sufren» afirma Benedicta sobre los eucaliptos, parte responsable de la deforestación de los montes gallegos. El subtexto de esta escena es tan simple y elegante como inteligente. ¿Habla Benedicta de los eucaliptos? 

Oliver Laxe, director francés de raíces gallegas, nos retrata una Galicia dura, pero hermosa; una Galicia cruel, pero humilde; una Galicia que no deja de ser el espejo de cualquier otro pueblo de cualquier otro país. Benedicta y Amador, madre e hijo, ante los prejuicios de aquellos que no quieren escuchar, que se limitan a ver y prejuzgar sobre supuestos hechos. Con solo treinta y siete años, Laxe, compone una obra de arte donde los cuatro elementos (agua, fuego, tierra y aire) se convierten en protagonistas de una historia voraz.

Rodada en película de 16 mm, ‘Lo que arde’, nos ofrece fotogramas para la historia. Pero, también, escenas en las que la música (en concreto la escena del coche con el Suzanne de Leonard Cohen de fondo) es tan poderosa que no puedes apartar los oídos y los ojos de la pantalla. 

Estos días continúa en su tercera semana. No dejéis de verla. Apoyemos nuestro cine. Apoyemos la cultura. No demos la razón a aquellos que abogan por los cuadernos contables. Apostemos por la cultura.