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‘Mientras dure la guerra’ se estrena no exenta de polémica. Alejandro Amenábar nos retrata uno de los episodios más triste de la historia

Decía Einstein que hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Del universo poco o nada se sabe desde los grandes descubrimientos del relativismo y la física cuántica, pero sobre la estupidez humana tenemos una confirmación diaria en nuestros televisores.

En una época gobernada por la sinrazón, el populismo, las soflamas en redes sociales y la imperiosa necesidad de agradar a todo quisqui, que una major -en concreto Disney, reina absoluta de las ventanas de exhibición, pero éste es otro tema- haya estrenado no sin ruido tremenda película es para celebrar. Más aún, que Alejandro Amenábar, uno de los directores con más genio de su generación, haya decidido rodarla es sin lugar a dudas un acto de valentía. 

En una España dividida, sin gobierno y con una nueva ronda de elecciones resulta un acto divino estrenar, con cierto éxito, una película que habla precisamente de la división, del enfrentamiento y de los sofismas.

Subvencionado y sectario, cuando el insulto no está justificado

Subvencionado, funcionario, marica, son algunos de los malogrados adjetivos destinados a un hombre que haciendo su trabajo lo mejor que sabe, o puede, ha conseguido el reconocimiento de la industria cinematográfica más allá de nuestras fronteras.

Junto con el patriarca de los Trueba, y algún que otro cineasta independiente, es de los pocos creadores que se atreve a irrumpir en la línea de pensamiento actual. Fernando Trueba, Alejandro Amenábar, Pedro Almodóvar, Isabel Coixet e Isaki Lacuesta -entre otros- son los responsables de que en los últimos treinta años se hable de cine español en Europa y el mundo sin que temamos a que nos saquen los colores. 

Con su cine, Amenábar nos ha entretenido, pero también nos ha dado la oportunidad de plantearnos temas susceptibles de herir sensibilidades. ‘Mar adentro’ nos ofreció la oportunidad de entender el drama real de la familia de Ramón Sampedro. Ahora, con ‘Mientras dure la guerra’, sitúa la mirada sobre un célebre autor español que si bien le conocemos por sus obras como ‘Niebla’, somos muchos los que desconocíamos el episodio tan cruento en el que la película nos sitúa. Un personaje con una personalidad arrolladora que no supo bien como poner en práctica su pensamiento. Apoyó una rebelión y se arrepintió de ello.

‘Mientras dure la guerra’ es un alegato en contra de aquellos que son tan categóricos que anteponen sus ideas. Ideas, por otro lado, que asumen como inamovibles y que debemos acatar sin dudas ni esquirlos. Parece ser que pensar, usar la cabeza, juntar ideas y ser crítico con lo que nos cuentan y nos ocultan, con lo que hemos de suponer como verdadero e inamovible, está de más. Y, precisamente, ha de ser en este momento cuando un director de cine nos tenga que poner las pilas y decirnos: ‘Mirad, ochenta y tres años después y seguimos con la misma cantinela de siempre’.

Un ejercicio de sobriedad y maestría

La película es un ejercicio de sobriedad y maestría cinematográfica a la altura de los grandes del cine. Porque solo un grande es capaz de contar con la cámara lo que con las palabras no es capaz de expresar.

La mirada de Elejalde, en un Miguel de Unamuno para la historia de nuestro cine, junto a un reparto, que, sin necesidad de estrellas, sustenta el poder del relato sobre la actuación y el trabajo de los actores.  Actores soberbios, elocuentes y desconocidos en nuestro cine como Santi Prego o Carlos Serrano-Clark. Un casting de lujo en una prodigiosa producción ejecutada con profesionalidad y juicio donde ha primado querer contar una historia sobre la querencia del agrado y el pelotazo en la taquilla.

‘Mientras dure la guerra’ es una película exquisita que, sin pretensiones más allá de hacer un buen trabajo, dispensa una colleja a la falsa intelectualidad imperante en nuestro país preocupada en el agrado y lo políticamente correcto más que en lo verdaderamente importante.